Dos años se cumplieron de uno de los momentos más oscuros de la historia de Agua Dulce como municipio, salpicados de impunidad y afectaciones económicas. En esta ocasión, ya no hubo convocatorias para incitar a robar las tiendas.

Agua Dulce, Ver.- El 5 de enero de 2017 las gasolineras quedaron fuera de servicio, según, porque no tenían combustible.

En el centro de Agua Dulce, la gente se movía bajo un grisáceo cielo que difuminaba la luz solar entre puestos callejeros de juguetes y torres de roscas de reyes. Una patrulla de la Policía Estatal pasó frente al mercado Benito Juárez y las cabezas de las personas se desviaron hacia sus teléfonos para atender los rumores en las redes y aplicaciones de mensajería de que se acercaba… algo.

Desde antes de que se materializara el caos, hubo conocimiento de que se iban a saquear las tiendas de Agua Dulce. Los comercios empezaron a cerrar y como fichas de dominó que sucumben una tras otra, desde el centro hasta Cuatro Caminos las tiendas departamentales, abarroteras, supermercados y tiendas de conveniencias empezaron a bajar sus cortinas.

Para el mediodía una de las primeras tiendas en caer fue Coppel. La gente de Agua Dulce, poseída por una falsa indignación del aumento a la gasolina, cargó en sus manos bocinas, consolas de videojuegos, pantallas, aparatos electrodomésticos, motocicletas y hasta salas y comedores. Ya acabado el “mejor” botín, no se discriminaron las rejas de refresco, la preciada cerveza y sí, vaya, hasta los paquetes de papel de baño.

Los vídeos que se revelaron horas después de aquellos aciagos momentos permitieron observar el cómo la población se volcó sobre sí misma: en el centro, frente a Coppel, por ejemplo, la gente rodeó las patrullas mientras los policías disparaban al aire para tratar de refrenarlos, en vano; a pesar del peligro, de la ilegalidad del acto, permanecieron ahí afuera toreando a los de azul, esperando el descuido o la resignación de los elementos para hacerse con algo “gratis”.

Los testimonios que se recogieron después de esos acontecimientos apuntaron a que el saqueo habría sido planeado, según, de la mano del mismo Gobierno Federal. Los dueños de negocios cuyos vecinos y clientes no perdonaron aquella tarde, contaron que había algunos jóvenes  —que no eran de esta ciudad— incitadores cuya única tarea era llegar a una tienda, abrirla y con eso animar a que la población robara. Ellos abrían y los hidrómilos hacían el resto del trabajo. Luego, se iban con otro y otro y otro negocio hasta que la jornada cerró con casi 30 comercios.

Pese a los vídeos y las fotos de la gente robando hasta en familia, las denuncias no prosperaron y prácticamente todos los que participaron gozaron de impunidad. Otra cosa fue la resaca moral, la de la conciencia, esa que hizo que algunos llegaran a dejar lo robado en las banquetas ante la vergüenza de lo que habían hecho, pero la mayoría no, prefirió disfrutar y tratar de enterrar el capítulo bajo un cínico argumento de responsabilidad colectiva y de venganza contra el Gobierno.

Hace un año, en el 2018, una pequeña chispa se dejó entrever en las redes sociales, de algunos que incitaban a saquear nuevamente las tiendas de la ciudad, muchas de las cuales ya habían amenazado que si se cumplía la amenaza, cerrarían definitivamente. En este 2019, el asunto parece haberse quedado olvidado.

Este 6 de enero caerá en domingo, día de descanso, pero según se ve, la conciencia moral de la sociedad hidrómila no se quedará dormida en esta ocasión, cuando las fuentes de empleo son más necesarias que nunca y la estabilidad a la postre vale más que una pantalla de plasma.

Por Violeta Santiago

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