Voladores arriesgan la vida para poder subsistir

Papantla, Ver. - “Los Voladores no damos un espectáculo, no hacemos una acrobacia, subirnos al palo volador no es una muestra de valentía, es una muestra de respeto y devoción, es el ofrecimiento de nuestra vida a la naturaleza, para que haya fertilidad en nuestra tierra”, asegura Enrique Pérez Morales, oriundo de la comunidad El Tajín, quien es uno de tantos que pide “cooperación” para vivir.

Pese a ser considerados desde el año 2009 como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, los danzantes voladores que día a día arriesgan sus vidas al ejecutar el ritual sagrado, subsisten con apenas 50 pesos diarios, mismos que obtienen de las “cooperaciones” que piden en la plazoleta de la entrada a la zona arqueológica El Tajín.

Los danzantes no sólo deben ver por sus trajes, también deben comprar botines, cuerdas, pagar el mantenimiento de “la manzana”, que es el cuadro de madera donde se sientan, enredan la cuerda y sobre la cual el caporal, que es el “líder”, danza y toca la flauta con el tamborcillo, ofreciendo su vida hacia los cuatro puntos cardinales.

“Desde que se hizo la Cumbre Tajín se ha hablado mucho de que tenemos un seguro de vida, un seguro que paga el Gobierno del Estado, pero la realidad es que no existe, no tenemos una póliza que nos dé la certeza de que estamos asegurados, si algo nos pasa, pues creo que hasta ahí llegamos”, lamenta.

De lo anterior quedó muestra el 17 de diciembre de 2013, esa trágica mañana, tras caer de 22 metros de altura Nicolás San Martín, un volador con más de 40 años de experiencia, murió al instante ante la mirada de cientos de personas que se dieron cita en el evento inaugural del Parque Kiwikgolo. Su muerte sirvió para echar abajo una de tantas mentiras de Javier Duarte, no existía el tan “cacareado” seguro de vida.

La familia del danzante tuvo que esperar más de 8 meses para recibir una irrisoria cantidad por parte del Gobierno del Estado, pero nunca por parte de ninguna aseguradora. Ese 17 de diciembre, Nicolás se preparaba para llegar a la cima del palo, llevaba poco más de 20 metros escalando, le faltaban unos cuantos para llegar a “la manzana”, pero el mal estado de las cuerdas, y la humedad que guardaba el palo, hizo que se volviera resbaloso, factor que originó que el hoy occiso cayera estrepitosamente contra el piso.

Su cuerpo se impactó contra el pavimento y su cabeza estalló en la parte occipital, de inmediato paramédicos acudieron a tratar de brindarle los primeros auxilios, pero nada pudieron hacer, el danzante había muerto de forma inmediata, pese a los esfuerzos por tratar de reanimarlo, nada se pudo hacer.

El de Nicolás San Martín es sólo uno de los casos más recientes, antes de él hubo más víctimas, en 2010, un joven danzante cayó desde lo alto, momentos antes de iniciar el ritual en el municipio de Tecama, Estado de México. Antes, el 20 de marzo de 2006, en el parque temático “Takilhsukut”, durante la celebración de Cumbre Tajín, el caporal Jesús Arroyo Cerón perdió la vida al caer desde 10 metros de altura.

Cumbre Tajín, el negocio con el que el Gobierno del Estado lucra a expensas de la Cultura Totonaca, no ha dejado ningún beneficio para quienes engalanan el “Festival de la Identidad”, esto pese a que en el año 2001, el Gobierno del Estado, a cargo entonces de Miguel Alemán Velasco, acordó la creación de un fideicomiso con parte de los recursos que se obtuvieran del evento, los cuales serían canalizados en obras y acciones a favor de las comunidades totonacas, pero principalmente en favor de las familias de los danzantes.

Han pasado 20 años de Cumbre Tajín y a la fecha los Voladores de Papantla no tienen apoyos, no cuentan con seguridad social, viven en condiciones indignantes y tienen que subsistir de las dádivas, pero también de los ingresos que les deja la venta de artesanías que en sus ratos libres elaboran.

La falta de apoyos para los danzantes ha provocado que muchos de ellos salgan a buscar ingresos en ciudades cercanas como Poza Rica, donde en 2014, en un acto de discriminación, el gerente del restaurante del hotel Novotel, les prohibió la entrada a los Voladores de Papantla, bajo el pretexto de que molestaban a los comensales cuando éstos les ofrecían artesanías y/o pedían “cooperación”.

“Es irónico que siendo oriundos de aquí, siendo veracruzanos, nuestro gobierno nos ignore, es increíble que estados como: Jalisco, Quintana Roo, Baja California, Colima o Sinaloa nos aprecien y valoren más, allá nos atienden y se nos brinda apoyo económico, por eso muchos han dejado Papantla, porque al menos aquí en el estado no se puede vivir dignamente siendo Volador”, lamenta José Pérez, mientras borda un paliacate que posteriormente ofrecerá por $200 pesos.

Para los danzantes la rutina es la misma, llegan desde temprano, preparan sus cuerdas, se cambian, se persignan, inician su ritual desde el piso, alrededor del palo, alistándose para comenzar el ascenso. En tanto, uno de ellos inicia la colecta, se quita su penacho y ahí invita a los curiosos, principalmente a los turistas a que cooperen, la colecta comienza en las pequeñas gradas alrededor del palo volador.

Cuando los cinco valientes danzantes comienzan a escalar, es momento de salir a los negocios cercanos, principalmente a los restaurantes, si tienen suerte, habrá turistas, si no, algún comensal local que se desprenda de entre 5 y 10 pesos. Al final del ritual sagrado, el encargado de la colecta vuelve para contar el dinero obtenido, después viene la repartición y a esperar a que llegue la hora de volver a emprender el vuelo y con ello, la colecta, esta vez, será otro del grupo quien se encargue de hacerla.

Por Juan Olmedo