Gilberto Haaz Diez

Para subir al cielo se necesita, una escalera grande y otra chiquita. Camelot.

ESCALERAS FAMOSAS

Hay escaleras muy famosas. Muchísimas en el mundo. Una de ellas es la de la Plaza de España (Piazza Spagna) en Roma. Lugar muy visitado por millones de turistas, allí se llegan y se sientan las y los turistas (me afoxé) a ver pasar la gente, ver pasar la tarde o ver pasar las primaveras o los inviernos. Cobijarse del frío, si es en crudo invierno, o ponerte los shorts y las chanclas, si eres gringa, y ver pasar el día, la tarde, o la hora que ahí se encuentre. Baboseas un rato y te puedes ir de compras, cerca están la Vía dei Contodti o Frattina o Babuino, donde están las tiendas de moda, acuérdense que los romanos dictan la moda en ropa de hombre y mujer. Caminando por la Vía del Babuino llegas hasta la Plaza del Popolo, donde se encuentra el obelisco flaminio, un obelisco de 24 metros que antiguamente adornaba el Circo Máximo. Subiendo por sus escaleras llegas hasta la Terraza del Pincio, uno de los mejores miradores de Roma. Esa escalera, donde se aplastan sentados, tiene 135 peldaños, contaditos, porque ahí celebran exhibiciones de moda y cuidan que no se caigan las modelos. Frente hay una fuente. La fuente situada en el centro de la plaza fue diseñada por Pietro Bernini para el Papa Urbano III.

ESCALERAS DE LA TRANSICIÓN

Toqué el tema porque hay en México, en la calle Chihuahua, unas escaleras que se están volviendo famosas. Son los peldaños de Andrés Manuel López Obrador, donde tiene su bunker y allí mismo -ignoro cuántos escalones son, pero no deben ser arriba de 15-, el electo sale y da a veces su Proclama a la Nación, como Morelos, y presenta a sus viejitos del Gabinete, los que lo van a acompañar los seis años (si es que aguantan, aunque en eso de las edades no hay que meterse, menos burlarse, luego uno estira la pata antes de los que se critican), como lo hizo apenas con un chamacón rebelde, Ignacio Ovalle Fernández (1945), 72 años, vivito y coleando desde la época de Luis Echeverría, donde fue su secretario particular. Comentaba con un avezado morenista, que AMLO está dando mucha chamba a sus correligionarios, muchos de ellos, como Ovalle, fueron sus jefes cuando el Peje andaba en busca de posiciones y chamba, cuando todos ellos brindaban a la salud del PRI, donde se amamantaron y destetaron como la loba Luperca amamantó a Rómulo y Remo, fundadores de Roma. Ovalle anduvo y andó por todos lados, secretario de Echeverría, diputado, director, embajador, hasta que llegó a la Conasupo (ahí conoció al Peje, cuando se hizo su jefe) y mendigó por tierras propias y extrañas. Muchos lo hacíamos muerto, fallecido, porque esa camada de políticos desapareció y el que no se hizo gobernador, se quedó a un lado de la orilla. Sirvió para que ‘las benditas redes sociales’ le subieran una foto donde está Ovalle atrás de Humberto Roque Villanueva, un 17 de marzo de 1995, presente lo tengo yo, aquel adalid del priismo que un día nos clavó la Roqueseñal al aumentar el IVA y nos las dejó ir hasta el fondo, Ovalle está atrás de esa foto, celebrando, y los malosos la exhibieron. Pues ahí está, como Lázaro, se levantó y andó y lo tiene Andrés Manuel entre sus jóvenes de Parchís, que van que zumban (así dicen en Tierra Blanca) a la Cuarta Transformación, o una Transformación de Cuarta, como dice criticón el jefe Diego Fernández de Cevallos. O una Cuarta Mutación del PRI, como le dice el panista, Gustavo Madero, nieto el prócer.

EL NARCISO DE LA MITOLOGÍA

Lectura obligada para aquellos que se aman a sí mismos, y se adoran más que a cualquier cosa en la tierra. Lo leí de Juan José Millas, la verdadera explicación de Narciso, y su narcisismo: ‘Narciso en la mitología griega, si ustedes se acuerdan, Narciso, que acabaría dando nombre a una patología, era un tipo que rechazaba a todas las mujeres porque estaba enamorado de sí mismo. Un día, contemplándose en las aguas de una fuente, se acercó tanto a su propio rostro, quizá para besarse en la boca, que se ahogó’.

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