El Tajín, Papantla, Ver.- Aprendieron por sí mismo, van contando uno a uno, los músicos de los pueblos náhuatl, tének y totonaco. Además elaboraron su propio instrumento, sin otra instrucción que un deseo y “sentirlo dentro de su corazón”.

Primero tocaron una música que copiaron escuchando a otro o que la inventaron, luego si era la de una danza, los invitaron a tocarla. Poco a poco llegaron más pedidos, participan en muchas cuestiones, pero sólo en el huapango ganan algo de dinero.

Han comentado que “quizá alguna vez ganen un poco de dinero como para comprar una bolsa de jabón”.

Los músicos han tenido una conversación y han dicho cómo se volvieron músicos. Invariablemente, repitieron que, desde niños, por propio interés y combinando el juego con un papalote o un trompo, fueron haciendo un violín.

Los músicos son nuestros vecinos en distintos lugares de la huasteca y del totonacapan. También pagan impuestos en cada cosa que compran, o servicio que usan. Les sacan el IVA también en su pasaje y en sus gastos médicos y de alimentos, pero no gozan de acceso a la educación.

A pesar de ello, en su propio rancho como llaman a su hogar, allá en donde no llega la luz ni la señal de internet, tampoco el camino asfaltado ni hay tiendas ni museos ni cines, hicieron música con violines y flautas construidos por sus manos.

Así fueron diciendo Emiliano Martínez Martínez y Juan Hernández Ramírez, maestros músicos de Xochicalli, La Casa de la Flor, Lomas del Dorado, Ixhuatlán de Madero; Zeferino Gaona Vega, violinista de Adolfo Ruiz Cortines, Coxquihui; Luis Gerardo Guevara Reyes, violinista de Chumatlán; Miguel Santes López, flautista de la comunidad de La Chaca, Coyutla; Manuel Pérez Santiago, violinista de la comunidad de San Fernando Coapechapan, Coatzintla.

Anotaron que ya los músicos se estaban acabando en Ixhuatlán de Madero y en la Sierra de Papantla. Que cada año se reúnen en la Cumbre Tajín para traer las danzas, y cada año hacen las mismas exposiciones y comentarios, pero que aún no ven un resultado.

Un joven les sugirió que graben la música con su celular porque son sones personales, elaborados por ellos mismos y que cuando lo dejen de tocar, se morirá. También, con un dibujo de un árbol, les fue explicando que los viejos, antes que ellos, fueron la raíz, y ahora ellos son los troncos, y que florecerá la hoja y la flor.

Don Manuel les dijo que con un jonote y su vara se hizo su violín. Que no usó resina sino incienso y que luego pidió a un señor que sabía de carpintería que le ayudara. Con cedro pidió la batea y así, finalmente, su violín llegó a tener tapa.

Siguió tocando y al oírlo un señor le dijo “¡cómo estás aprendiendo!” esta era a la vez pregunta, pues no sabía que él mismo era su maestro, al que sólo de verlo trabajar y escuchando, le aprendió lo necesario para ser invitado, a los 10 años, a participar en la danza.

Manuel danzaba primero con los Huehues o Tejoneros. Los niños lo invitaron a que ensayaran y poco a poco aprendió también la música, la que sabe muy bien hasta ahora.

Todos dijeron: “tiene que haber músicos”.

También Zeferino dijo que aprendió solito. Y no sólo se ha preocupado de saber la música, interpretar la danza, conservar la costumbre sino también la lengua, y que aunque la gente los critique por hablar y enseñar el totonaco a sus hijos, siempre, con su esposa han perseverado en que ellos no pierdan esa parte de sí mismos, y que si son músicos, que con el tiempo ellos sepan la música. Añadió que para ser el músico “nos debe gustar” y además “nos debe penetrar hasta el corazón.”

Por Livia Díaz